Cinco grandes discos que cumplen 20 años este 2021

El año 2001 fue un año convulsionado, totalmente ajeno a la fantasía evolutiva que había propuesto Stanley Kubrick a las audiencias de 1968. Cualquier suspiro emitido con la refutación del Y2K fue sucedido por una serie de catástrofes que, simbólicamente, dieron comienzo al siglo XXI y además asentaron el clima de opacidad que marcaría a la década en su totalidad. Globalmente, el atentado contra las Torres Gemelas sirvió de pretexto para que George W. Bush desate su guerra contra el terrorismo y comience a ocupar medio oriente; localmente, las consecuencias de las políticas neoliberales impuestas por el menemismo desembocaron en corralito, cacelorazos, saqueos y una sucesión de cinco presidentes en menos de dos semanas. Un desastre, básicamente.

Sin embargo, el 2001 también representó un año bisagra para la música. Artistas como Aphex Twin, Herbert, Jan Jelinek y Fennesz llevaron la electrónica a lugares muy interesantes; mientras Shakira estaba haciendo el trabajo duro de conformar un mercado estadounidense con hambre de música en castellano. Tori Amos, por su parte, efectuó un power move contra la industria, sacando un disco de cóvers para salirse del contrato con Atlantic sin cederle más material original. Jay-Z, con The Blueprint, terminó de consolidar su mega estrellato; mientras que el de Aaliyah se vio interrumpido por un trágico accidente. Y por estas latitudes, el debut de Bandana fue una exitosa traducción local al fenómeno Spice.

Tras un exhaustivo repaso de una enorme cantidad de clásicos, nuestro equipo confeccionó una lista de 5 discos que de algún modo sintetizan y representan lo que fue el 2001;.Esta es la lista….

Babasónicos – Jessico

Jessico fue el primer disco de rock nacional del siglo XXI. El género llevaba años de estancamiento, todavía dominado por el sonido de Los Redondos. Entra Babasónicos, una banda de Lanús que hasta entonces había sido menospreciada como una careteada periodística (en oposición a la autenticidad descamisada del rock barrial, presunta contracultura que de hecho sonaba en todos lados). Para su sexto álbum, los Babas fueron a contracorriente de sus propias tendencias barrocas, apostando a la inmediatez de la canción pop (“Al construir las canciones desde el swing, pensamos la seducción como esencia que transporta al tema; la cadencia que aportaban el hilo melódico y la base rítmica tenía que ser una envolvente seductora”, explicó Adrián Dárgelos a Fernando Sánchez en una entrevista de 2002 para Rolling Stone). Argentina cayó rendida a la afronta hedonista, y no solo por la inyección de vitalidad a un género vetusto: la gente necesitaba líneas de fuga para sobrellevar la crisis económica del 2001, y Babasónicos supo ofrecerlas en el puente perfecto de “Los calientes”, o la entrada de los coros al final de “Deléctrico”. Como suele ocurrir con los game-changers, Jessico terminó cediendo el paso a un eterno retorno de imitadores; no a figuras que, desde el nuevo punto de partida, empujaran los límites un poco más lejos. Para eso siguió estando Babasónicos.

Leo García – Mar

Es una pena que, a veinte años de Mar, la conversación en torno a Leo García venga con un regusto de ambivalencia por la xenofobia casual de su breakdown twittero. Así y todo, sobran los motivos para celebrar a Leo. Su maridaje de guitarra criolla y samplers estableció un sonido propio que precedió a la folktrónica como subgénero formalizado y extendido. Su destreza interpretativa, evidente en la cantidad de arreglos que pueden invocar sus dedos, está siempre al servicio de una sensibilidad pop. Y lo que es más importante: García ha sido un gran difusor de talento local. Leo ha devuelto a proyectos nacientes la misma confianza que le depositó Gustavo Cerati cuando lo apadrinó a fines de los noventas, oficiando de productor artístico en Mar (las letras, por su parte, fueron cortesía del gran Pablo Schanton, en una asociación análoga, aunque más posmo, a la que sostenían Moura y Jacoby). Mar comienza con el crujir de las olas, y las canciones adscriben a esa lógica, permitiendo el avance y retroceso de nuevos sonidos. “Isla”, “Nadie salva” y “Renacer” son puntos altos de la escucha, pero la más recordada de todas sigue siendo “Morrissey”, primer gay anthem nacional. Nunca dejó de ser un temazo: lo que no envejeció tan bien es listar a Moz para la portación de street cred (sobre todo si es en contraste a Björk y Bowie; Beck está en veremos desde 2017).

Radiohead – Amnesiac

Radiohead dio uno de los volantazos más valientes en la historia del rock cuando, habiendo articulado la ansiedad finisecular con el magnum opus guitarrero que fue OK Computer, decidió volcarse netamente a la electrónica. Con Kid A, el quinteto de Oxfordshire tomó un riesgo gigante: desplazó la Fender Telecaster de Jonny Greenwood a favor de loops, IDM y un instrumento inusual llamado Ondas Martenot. A meses de ese álbum y como resultado de las mismas sesiones de grabación, Radiohead publicó AmnesiacInicialmente desmerecido como el hermano bobo de su predecesor, el disco dista de ser un rejunte inconexo de b-sides: es una obra musical y conceptualmente autónoma, en complemento con Kid A pero nunca desde la subordinación. El disco abre con un cuento de futilidad en seis palabras, entonadas por un narrador prototípicamente Yorkeano, desganado y enlatado en tráfico: “After years of waiting, nothing came”. La siguiente canción, “Pyramid Song”, refiere al Río Estix. El protagonista se mató, y lo que se desentraña a partir de ahí es un arco de descenso al infierno, permeado por una atmósfera de constante ahogamiento. Si Kid A recibe la llegada del siglo XXI, designa el nacer de una nueva subjetividad y abre con un despertar; Amnesiac se sitúa en el otro lado de la existencia. Dijo Yorke: “Si mirás el arte de Kid A, es como ver un incendio a la distancia. Amnesiac es el sonido de estar parado entre las llamas”. Hay olor a carroña detrás de toda la ambigüedad lírica en Amnesiac pero, a la manera del minotauro que se cubre los ojos en la portada, mejor es olvidar. “You forget so easy”.

The Strokes – Is This It

Fotos segundos antes del desastre. Faltando meses para que dos aviones impacten contra el World Trade Center, los Strokes tomaron una instantánea de un momento en el tiempo que desaparecería para siempre. En ella, el poeta laureado del ennui millennial, Julian Casablancas, supo capturar la experiencia de tener veintipico durante el cambio de siglo en la ciudad de Nueva York. Ese documento, Is This It, hizo de los Strokes una entidad tan irresistible que singularmente logró socavar la dominancia del nü metal y, al mismo tiempo, definir cómo luciría y sonaría el rock durante el resto de la década: absolutamente retro chic. Los Strokes catalizaron el revival del garage recuperando la crudeza sonora de The Velvet Underground, el interplay guitarrero de Television y la frontalidad desfachatada de los Ramones; todo esto en pantalones ajustados. Poco importaba si Casablancas no afinaba bien: la calidez analógica de “Hard to Explain” o “Last Nite” era lo suficientemente dichosa. Y lo mejor de todo, la atemporalidad de los Strokes nunca se basó en una postura frívola. La pregunta que titula Is This It, por más humorística que sea, sigue acaeciendo con el paso de generaciones.

The White Stripes – White Blood Cells

Los White Stripes tenían dos discos a cuestas cuando publicaron White Blood Cells, su álbum consagratorio. Al igual que Is This It, el título de Cells guiñaba a la creciente exposición que estaba acumulando la banda (la discusión constante era sobre el parentesco del dúo: afirmaban ser hermanos hasta que se destapó que habían sido, en algún momento, un matrimonio). Y paralelamente a los Strokes, los Stripes fueron responsables de catapultar el revival, y también el último hurra, del garage rock. Desde el momento en que entran las quintas de Jack White por ambos canales de “Dead Leaves and the Dirty Ground”, queda en claro que White Blood Cells dista del blues de sus predecesores. Ni siquiera hay canchereadas de proficiencia técnica (como las habría luego en, por ejemplo, Elephant), cosa que, en 2001, no fue motivo para desacreditar a Jack White como intérprete; los platillos machacados de Meg sí tuvieron, sorpresa, una recepción mucho más pedante y sexista. White Blood Cells es un disco instrumentalmente económico, y tanto mejor por ello: “Fell in Love with a Girl” y “The Union Forever” dan fe de que estos enfants terribles nunca necesitaron de algo externo a su formación para sonar como un ejército de siete naciones.